¡Hola mundo!
Mayo 21st, 2009 by jorgetorrescalimenoEL DIA DE LA AFROCOLOMBIANIDAD
Cada año se hace más conmemorativa y más significativa la celebración del día de la afrocolombianidad en nuestro país. Algo muy merecido para el pueblo afrodescendiente.
Para nadie es un secreto la discriminación y hasta tintes de segragación que ancestralmente hemos sufrido los negros en toos el mundo y Colombia no ha sido ajeno a dicho flagelo.
La celebración del día de la afrocolombianidad, aunque no es del todo reivindicativo ni incluyente es una manera de visivilizarnos y de poner sobre el tapete la realidad de nuestra étnia, nuestros problemas y nuestras potencialidades a la vez. Mucho se habla del tema en diferentes escenarios, son temas necesarios y obligados: la etnoeducación, la ley 70 de 1993, el desarrollo, la cultura afrocolombiana, el desplazamiento y desarraigo, los macroproyectos, la globalización, en fin muchos temas de que una u otra manera atañen y afectan a los afrodescebdientes.
Una valiosa oportunidad para que, por los diferentes espacios donde se conmemora , pasen personas que conocen y pueden aportar muh significativamente al tema. Por ejemplo, a mi alma mater (Universidad del Pacífico en Buenaventura - Valle- Colombia), la visitaron mujeres y hombres muy ilustres y versados en el tema afro como el escritor chocoano residente en Francia Arnoldo Palacios y el ex constituyente Carlos Rosero, entre otros. Eso da cuenta de los grandes aportes que han hecho los negros a la cultura, a la política, a las humanidades y al campo intelectual colombiano.
El desfile que se realizó en el día de hoy fue grandioso, muy concurrido y emotivo. Todo en derroche de alegría y fervor cultural y de manifestaciones de deseos de paz y pogreso para el pueblo afrocolombiano y afropacífico.
Esperamos que el próximo año sea mucho más grande la celebración y desde las políticas gubernamentales, la legislación, las instituciones, la académia y la sociedad civil entre otros se continué haciendo esfuerzos por la equidad y la tolerancia en Colombia.
PERSONAJES
ARNOLDO PALACIOS
A sus 84 años, el escritor chocoano Arnoldo Palacios trabaja su biografía
Foto: Claudia Rubio
En su biografía, Arnoldo Palacios ha logrado narrar desde afuera. “Me veo como un individuo independiente”, dice.
Su literatura, historia de vida y temas de conversación son, casi todos, ásperos; pero su mirada, expresión y gestos son dulces y festivos.
Los reclamos acumulados los tramita sin odios ni rencores. Sus demandas no son agresivas ni amargas, solo peticiones justas por la falta de inclusión y equidad social. El secreto de su armonía podría radicar en que ha hecho en su vida lo que ha querido: escribir y leer, a pesar de premuras económicas; y en que incluso en las situaciones más difíciles ha encontrado ángeles protectores.
La mañana en que se enfermó estaba bañándose en el río de Cértegui, pequeño poblado aurífero donde nació, con su hermana mayor y sus amigos. Ese día lo evoca con tristeza. “Un impacto enorme, que recuerdo de manera nítida”. Al terminar el baño, no se sintió con fuerzas y su hermana lo cargó, como casi siempre lo hacía. Luego, su madre lo llamó varias veces para almorzar y no se pudo incorporar. Algo grave le estaba pasando. La noticia recorrió las cuatro calles polvorientas del pueblo y, sin que los vecinos iniciaran la siesta, ya se sabía que él y otros dos niños tenían polio: la vacuna protectora no existía.
En su casa, encararon la adversidad con todo tipo de remedios caseros y con la visita a curanderos próximos y lejanos. Luego, lo llevaron a Itsmina y Andagoya, donde se asentaba una compañía estadounidense con un hospital que contaba con todos los adelantos científicos.
Uno de los médicos calmó a su madre diciéndole que como era muy pequeño, en 20 años la medicina habría avanzado y seguro habría cura. Nunca le llegó, pero sí un paliativo. A los 22 años, en una calle de París, por el bulevar Montparnasse, una noche en que caminaba con gran dificultad, con sus muletas de palo que le hacían daño, un automóvil se detuvo y de él descendió un hombre mayor que le hizo algunas preguntas y lo invitó a verlo al día siguiente. Ese ortopedista lo operó gratis, le facilitó caminar y le devolvió fuerza a la pierna derecha, la más lesionada.
Otros dos episodios casuales, en su época de estudiante en Bogotá, le devolvieron a Arnoldo Palacios la seguridad y confianza robadas por su enfermedad.
En los corredores de la Radio Nacional, esperando hablar con el director o con alguien que le diera trabajo para terminar su bachillerato, se encontró con Matilde Espinosa de Pérez, quien haciendo gala del apodo que llevaba con orgullo, ‘camarada ternura’, conversó con él y, al verlo tan desprotegido y pasando tanta penuria, lo invitó a su casa en el barrio Teusaquillo, no solo para que estudiara y leyera en la nutrida biblioteca de su esposo, el abogado Luis Carlos Pérez, sino para compartir con sus dos hijos, estudiantes también del Camilo Torres. “Encuentro que fue fundamental”, comenta Arnoldo. De ahí que no sea gratuita la dedicatoria a la poeta en su gran libro Las Estrellas son negras.
Este libro casi no ve la luz, porque el 9 de abril quedó convertido en cenizas en el edificio García Cadena, donde funcionada el Ministerio de Educación, adonde Arnoldo Palacios llegaba a mediodía a pasar el manuscrito a máquina, gracias al poeta Carlos Martín, Secretario General, que le permitió ir de 12 a 2 de la tarde y después de las cinco.
No lloró ni gritó. Contó el hecho a sus amigos del café Automático, quienes se solidarizaron con el joven chocoano. Sería el educador y amigo entrañable, Antonio Cardona, quien lo retó para que se sentara a reescribir de inmediato la historia, a riesgo de perderla para siempre. “Aproveche que ahora hay toque de queda y no se preocupe por la subsistencia, que le consigo un sitio en La Candelaria, donde trabaje tranquilo”.
La historia de Irra, personaje central de Las estrellas son negras, quedó reescrito en tres semanas. “Busqué al editor Clemente Airo, le entregué el manuscrito. Me fui para Quibdó, cuando regresé, ocho meses después, me sorprendió con el libro impreso, pero sin carátula. Zapata Olivella me aconsejó que buscáramos al pintor Alirio Jaramillo, quien hizo un dibujo de una joven negra, en medio de la selva. No tengo ningún ejemplar de esa bella y accidentada edición”.
En la revista Arcadia, el periodista Alfonso Carvajal escribió: “Las estrellas son negras, de Arnoldo Palacios, marca varios hitos en nuestra literatura. Es una importante novela, escrita antes de Cien años de soledad y La tejedora de coronas, que pasó desapercibida porque en la época en que fue publicada (1949) el mundo editorial colombiano era precario…”
A pesar de esa precariedad, el libro fue reseñado por José María Restrepo Millán, rector del Camilo Torres, en el suplemento literario de EL TIEMPO, en 1949, bajo el título “Un rudo libro sobre un rudo tema”. Hubo muchas otras reseñas. Gracias a ellas, el joven chocoano pasó a tener mayor notoriedad en el ambiente intelectual y político, en el que no era extraño, pero carecía de obra que lo respaldara ante insignes escritores y poetas. Tal vez por ello una beca para hacer estudios literarios por tres años a Francia, destinada al departamento del Chocó, le fue otorgada sin discusiones. Los términos “negro” “afro colombiano”, “negritudes” o “minorías étnicas”, no se utilizaban. Se fue en barco y la travesía le pareció rápida y espectacular, porque el privilegio de conocer la cuna de Víctor Hugo, uno de sus autores preferidos, no le permitía sino sensaciones agradables.
Y ahí se quedó. Se casó, tuvo cuatro hijos y continuó escribiendo del Chocó y sus gentes. Siempre de la escasez y la privación. Pero, también, siempre del esplendor y belleza de una región rica en recursos naturales, expoliada por malas administraciones que han saqueado sus recursos y se han aprovechado de ellos.
En 1998, el recién creado Ministerio de la Cultura le rindió un homenaje público en la Feria del Libro, primero y único que ha recibido en su vida, que incluyó la tercera edición de Las estrellas son negras. Su nombre reapareció en letras de molde y por unos días se volvió a saber de su vida.
Una vida que está recreando en la que será su biografía, no autobiografía porque ha logrado colocarse como voyer y narrar desde fuera todo lo que ha grabado en su mente de escritor, más de realidades que de ficción. “Me veo como un individuo independiente y tengo recuerdos desde los dos años. Siempre me ha interesado la observación, conocer gentes, tener amigos y conversar.
Gracias a la literatura he tenido más conciencia de los problemas, mi deber es mostrar la situación social y ayudar a encontrar caminos. Hoy los negros, como yo, andamos con la frente en alto por el triunfo de Obama, quien nos ha permitido la posibilidad de brillar con él, ojalá que sea por siempre”.
Un brillo como el de Las estrellas negras que lo acompañan en las noches en las que él trabaja hasta las seis de la mañana, escribiendo a mano, con un buen estilógrafo, para luego pasar al computador. “Siempre peleando con él y temeroso de que se me vaya a borrar y a desaparecer, como me sucedió en el año 48″.
Myriam Bautista G.
Para EL TIEMPO.
REFLEXIONES
«DISCULPEN LA MOLESTIA»
Eduardo Galeano
Página 12
09-05-2009
Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza.
¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés?
El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración?
¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla?
¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden?
Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes?
¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan?
¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los trabajadores?
¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles?
¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de “crimen organizado”?
Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles.
Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres?
¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es?
¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes.
Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina.
En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea?
Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia?
¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia?
¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?
Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos?
¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías?
Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos?
Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas:
–Ahí lo tienes –dijo la Reina–. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final.
En El Salvador, el arzobispo Oscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento.
El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia?
A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-124547-2009-05-08.html
